Saturday, 23 May 2009

Día de furia en un infierno natural (reflexión de momento y crítica especial urgente)

Comienzo como si esta semana fuese la pasada. Disculpas por la ausencia, y rápidamente gracias a Joa, Damián y Mariano por los amables comentarios acerca de “Tomates verdes fritos”, una película que aprecio mucho.

Mi semana, que todavía no termina, fue una mierda. Me ahorro los detalles porque no creo una persona que escribe -y más en un espacio como este- deba cargar a los demás con cosas muy personales, salvo alguna situación que se presente como importante para expresar un punto o lo que fuere, o algún acontecimiento relevante que se quiera compartir. No quiero juzgar a quienes vuelcan sus experiencias personales para que cualquiera las pueda leer porque, al final del día, este es un espacio libre. Sin embargo, no puedo dejar de negar el hecho de que hay otras maneras de hacerlo; de camuflarlo un poco; de disfrazar la realidad. Sin ir más lejos, es algo que todos los artistas en sus diferentes expresiones hacen constantemente. Hace tiempo yo leía un blog que lamentablemente no está más activo: “Esperando el pernocte” (advertencia: no se asusten si leen dos posteos y ven que no pueden parar: es normal). Allí, uno podía presentir a la persona detrás de los textos; pero siempre quedaba ese gustito amargo proveniente de la literatura (quizás) de saber que hay algo más. En esa pizca de misterio, creo yo, se encuentra la magia.

El cine hace mucho uso de ese recurso mágico, sobretodo el cine independiente y, más específicamente en los últimos años, el cine independiente argentino. Ya escribí alguna vez sobre la experiencia cinematográfica que es “La mujer sin cabeza” de Lucrecia Martel, como exponente de un cine que trata de establecer una conexión con el espectador por diferentes razones que la mayor parte del cine actual; un cine que busca movilizar a la audiencia apelando no sólo al siempre presente aparato sentimental sino también al pensamiento, a sus ideas, a su capacidad de concentración y de análisis. Es como la búsqueda de una movilización menos superficial y más autónoma, donde quien decide al final no es tanto el director sino cada quien desde su butaca: como si el primero le entregara totalmente su obra al segundo.

Eso no quita para nada la posibilidad de que un film contenga personajes, como el cine siempre los tuvo, y que estos sean estereotipos o no, y que tomen tal o cual decisión. El espectador está dentro del film, pero no puede intervenir. La recompensa es que sale del cine con mucha más información que la que tenía al ingresar, y el placer de repensar una película desde diferentes perspectivas y discutirla. Porque recuerden, en el cine no se habla.

Todo esto viene a cuento de una gran película que pude ver hoy en el Abasto, con mi amigo Grillito de “Loca Verdad”. Una película argentina llamada “La sangre brota”, que correspondería bastante con lo expuesto anteriormente aunque de modo un poco más frenético. El punto es que es una gran película, y la mejor del año estrenada comercialmente de nuestro cine nacional. No les quiero mentir, sólo he visto dos estrenos: “Música en espera” (aquí mi crítica) y este; pero tampoco nos queremos mentir a nosotros mismos…No ha habido más de doce estrenos argentinos en lo que va del año; y menor es el número si consideramos aquellos que pudieron verse en todo el país. Dicho todo esto, los invito a ver “La sangre brota” (que en Buenos Aires esta sólo en cuatro salas, y bastante maltratada en la mayoría), como puedan.

La crítica de “La sangre brota” (dedicada a Grillito), a continuación.

“La sangre brota”

Todos podemos tener un día de mierda. Ya lo veíamos a Johnny Depp corriendo por la vida de su hija en “Tiempo Límite” o a Michael Douglas atentando contra el mundo en “Un día de furia”. No sirve comparar cosas de Hollywood con el cine hecho en casa, pero hubo una película nacional que tomo todos esos códigos y otros de algunos géneros más picarescos para hacer furor en todo el país y afuera relatando un día de mierda con mucho estilo: “Nueve Reinas”. Aunque el de Bielinsky es un gran film, se ve obligado por su construcción a revelar en el final aquellas cosas que durante todo el metraje habían estado desconectadas, como parte de un enigma. De este modo, al final del día no hay nada que no quede bastante claro.

¿Pero qué pasa si se da lo contrario? ¿Qué pasa si es un día de mierda en el que varias personas se ven casualmente envueltas en situaciones desesperantes, hasta cierto punto incontrolables? Escrita y dirigida por Pablo Fendrik, “La sangre brota” hace converger las tensiones de sus personajes centrales de manera magistral, en un infierno natural en el que no habitan la explicación previa ni mucho menos la sobre explicación.

Los personajes centrales son dos, parte de la misma familia: un padre y un hijo. El padre Arturo (Arturo Goetz, cada vez mejor) es la contracara del taxista argentino por excelencia: callado, no fumador, maneja despacio su auto escuchando un mp3 de relajación a todo volumen. Su mundo es más bien interno, tanto que el manejo de sonido del film se asegura de marcar una notable diferencia de ruido general cada vez que Arturo abre la puerta de su taxi: afuera hay historias con las que todo taxista suele lidiar (y hasta comentar orgulloso), pero a él no parecen interesarle. El hijo Leandro (el admirable Nahuel Pérez Biscayart) es un adolescente sin rumbo: insomne, con los ojos rojos y la mirada perdida, camina nervioso hacia cualquier lugar. Su mundo es más bien externo y cada vez que lo vemos en un recinto cerrado, parece querer escaparse; no le gusta estar mucho en la oscuridad. Es tan abierto y mandado que se ve cautivado por una chica más chica que divisa en un colectivo. Vanesa (Ailín Salas) se llama, y probablemente Leandro nunca se entere de su nombre.

Así se establecen las dos perspectivas desde las cuales se va a constituir el relato. Fendrik arma todo a partir de este padre y su hijo, ambos tendrán un día de mierda (en el que casi ni se cruzarán) y desde ellos conoceremos, por cada lado, a varios personajes más. Todos influyen de alguna manera en lo que acontece en el film, lo que hace pensar en una de esas películas que interconectan historias. Nada de eso. Acá no hay diferentes ciudades del mundo, no hay conexiones mágicas y predestinadas entre los jugadores. El marco es uno sólo, la ciudad de Buenos Aires, que en la mirada de la cámara de Fendrik parece una ciudad más chica porque sí, los personajes se encuentran en distintas ocasiones, pero todo está derivado de sus decisiones. Aunque en un punzante diálogo el director/guionista haga referencia al azar, se sabe perfectamente que todo está buscado y lo que le pasa a los personajes es consecuencia de aquello que se buscó en primer lugar.

No se confundan. Les estoy contando todo, pero lean bien porque no les estoy contando nada. No hice más que hablarles de Arturo y de su hijo Leandro. Hay una llamada, importante, determinante en el curso de la historia, pero desde el lado de Arturo… Leandro ni se entera. Hay un plan desde el lado de Leandro, pensado locamente y con intenciones perjudiciales para su familia como daño colateral (o no)… Arturo nunca lo sabrá. Este juego tan presente en el cine argentino independiente reciente, entre lo que se dice y lo que no se dice; entre lo que sabe el espectador y lo que no; entre lo que muestra la cámara y lo que se mantiene oculto, no son más que estrategias de las cuales Fendrik se arma para impactar al espectador.

Esas estrategias, o herramientas, ya son comunes al cine reciente. Es más, también hay como una reafirmación del cine que se está haciendo que se ve en la presencia de los actores provenientes del teatro como Biscayart o una aparición de Ignacio Rogers, y la fuerte presencia de un experimentado como Goetz, que viene dejando huella en el mejor cine nacional de los últimos años (en este blog, lo tenemos en dos críticas: "Derecho de familia" y "El otro"). Sin embargo, lo que hace Fendrik es redoblar la apuesta. Además de sorprendernos constantemente con lo sucedido en las perspectivas de los dos personajes centrales, en cada escena introduce personajes nuevos (que acompañan a los protagonistas) y no sólo nos lleva con ellos por un corto paseo -como una especie de ’detour’ de la ruta principal- sino que también nos vuelve a sorprender, con hechos impensados que se dan en personajes de algún modo irrelevantes a la trama. Vertiginosamente y con convicción, el director entrega un momento original detrás de otro; una línea de diálogo, no sólo agresivo y real sino también impredecible, detrás de otra; y una violencia general que, aunque es primordial para el film, nunca se ve forzada.

Sí, la sangre brota en la película de Fendrik, y por ahí la cámara lo muestra demasiadas veces. Pero el error es la constante referencia a la sangre en sí, y no las variadas maneras en las que la sangre aparece en la pantalla. La sangre tiene que aparecer, y no deja de hacerlo hasta el último plano del film, en el que un beso ensangrentado deja al espectador sin aliento.

---9/10

Para Grillo: Esa pausa larga podría ser un “yo la hubiera terminado acá, pero bueno…les doy un poquito mas”.

2 comments:

Mariano said...

Ay! yo casi la veo en el artecinema... pero prefería ver "la teta asustada" (que es en la única sala en la que esta, te paso el dato)... Seguramente vaya a verla gracias a tu crítica. un sludo!
Por cierto: Te "memeé".. para que lo entiendas pasate por mi blog :P

Popurrí said...

Estaba esperando que subieras esto, peor estuve el fin de semana en roca y ni toqué la computadora (por suerte).
¿Así definís la pausa? Sí, quizás tengas razón y si esa fuera la intención de Fendrik, bien lo hizo, porque ese "algo más" me dejó pensando bastante cuando terminó la película.
Un abrazo!

PD: no pude terminar los pochoclos, los regalé